Mujeres en obra: el riesgo que no estamos midiendo

26 Octubre 2026   Carmen Ulloa I Auditora de Riesgos Laborales I Empresaria I   11

Mujeres en obra: el riesgo que no estamos midiendo

En la República Dominicana cada vez más mujeres se ponen el casco. Pero el casco, las botas, el arnés y hasta el baño de la obra siguen pensados para un hombre.

Según la Encuesta Nacional Continua de Fuerza de Trabajo del Banco Central, citada por la Asociación Dominicana de Constructores y Promotores de Viviendas (Acoprovi), las mujeres en la construcción pasaron de 6,806 al cierre de 2021 a 12,880 al cierre de 2022, un aumento cercano al 90 %. Aun así, apenas representan entre el 3 % y el 8 % de la fuerza laboral del sector. Celebramos que lleguen. La pregunta incómoda es otra: ¿estamos preparados para que trabajen seguras?

Este año, el Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo de España (INSST) publicó una revisión de la literatura científica sobre los riesgos que más afectan a las trabajadoras a pie de obra. Analizó 36 estudios de varios países. Sus conclusiones parecen escritas pensando en nuestras obras.

La primera es que el equipo que no ajusta también es un riesgo. Más de la mitad de lo que la literatura documenta sobre seguridad de las mujeres en obra tiene que ver con equipos de protección personal y ropa de trabajo. No hay tallas, y las tallas pequeñas de modelos masculinos no se ajustan al cuerpo femenino. En un estudio australiano, una de cada tres trabajadoras tuvo que modificar su propio equipo.

Eso no es un detalle de comodidad. Un guante grande puede quedar atrapado en una máquina. Una bota mal diseñada cambia la forma de caminar y provoca caídas, esguinces y dolor de rodilla y espalda. Una mascarilla que no sella deja pasar el polvo y los químicos. Y un arnés recortado o cosido en casa pierde su certificación. Incluso algunos ensayos de mascarillas se hicieron históricamente con un modelo de cabeza basado en el rostro de un hombre adulto.

Desde la importación y distribución de equipos de protección lo veo con frecuencia: en el país se compra «unitalla» y «unisex» por costumbre y por precio. El resultado es que muchas mujeres trabajan con equipos que las protegen menos que a sus compañeros. O deciden no usarlos.

El baño también es seguridad. En un estudio citado por el INSST, el 78 % de las trabajadoras consideró la falta de baños adecuados un riesgo para su salud. Muchas toman menos agua para no tener que usarlos. Con el calor del Caribe, eso significa deshidratación, golpe de calor e infecciones urinarias. Un baño portátil compartido, sin pestillo y sin lavamanos, es también un problema de dignidad y de higiene menstrual.

Y el acoso provoca accidentes. El riesgo más mencionado en toda la revisión es el acoso sexual, seguido del acoso por razón de sexo y el acoso laboral. No es solo un tema de clima laboral. Un estudio estadounidense encontró que las mujeres que sufrían acoso o discriminación tenían aproximadamente el doble de probabilidad de haberse lesionado en el último año. Quien trabaja intimidada, aislada o sin ayuda se distrae, se sobreexige y no pregunta.

Aquí el contexto dominicano preocupa. Según el Ministerio de la Mujer, más del 95 % de las mujeres identifican sus espacios laborales como escenarios de violencia o acoso. El mismo ministerio ha promovido la ratificación del Convenio 190 de la OIT sobre violencia y acoso en el trabajo, y ha señalado que nuestra normativa no tipifica el acoso laboral como figura propia.

A eso se suma la formación que no llega. En obra, mucho se aprende sin inducción: dónde está el equipo, cómo se usa la herramienta, qué atajo es peligroso. Cuando a la nueva compañera no se le explica, aprende sola y a riesgo propio. En un estudio, una de cada cinco trabajadoras no recibió ninguna instrucción sobre el uso de su equipo de protección.

No hace falta esperar una ley nueva. El Reglamento 522-06 de Seguridad y Salud en el Trabajo ya obliga a evaluar los riesgos y a proveer equipos adecuados a quien los usa. Propongo cinco pasos concretos. El primero es evaluar los riesgos con perspectiva de género, de modo que la matriz de riesgos pregunte quién hace la tarea, no solo cuál es. El segundo es comprar equipos por talla real, incluir modelos para mujer en las licitaciones y cotizaciones, y que las propias trabajadoras los prueben antes de la compra. El tercero es garantizar baños separados, con cierre y agua, en cada frente de obra, y acceso a agua potable sin culpa.

El cuarto es un protocolo contra el acoso con canal de denuncia confidencial, sin represalias, y supervisores entrenados para actuar. El quinto es una inducción formal para todos, sin depender de que alguien quiera «enseñarle» a la nueva.

A las autoridades les corresponde incluir estos puntos en las inspecciones del Ministerio de Trabajo, avanzar con el Convenio 190 y publicar estadísticas de accidentes desagregadas por sexo. Lo que no se mide, no se previene.

Las mujeres ya están en nuestras obras. Que lleguen es una buena noticia. Que regresen sanas a casa cada día es nuestra responsabilidad.