Ramón Alburquerque: el hombre que el poder no pudo domesticar

27 Enero 2026   Affe Gutierrez   1383

Ramón Alburquerque: el hombre que el poder no pudo domesticar

Por: Affe Gutiérrez

Santo Domingo, R.D. Antes de hablar del dirigente político, del senador, del expresidente del Senado y del activista, me permito iniciar por el ser humano que yo conocí en un momento muy particular de mi vida.

Yo conocí a Ramón Alburquerque porque un sobrino o medio hermano suyo, amigo muy cercano de mi padre, lo llevó en el momento en que él estaba coordinando la Circunscripción 3, en el fragor político de las elecciones del 2000-2004, aquellas que enfrentaron a Danilo Medina e Hipólito Mejía. Ramón llegaba siempre acompañado de José Ignacio Paliza y de sus colaboradores; entre ellos, sin temor a equivocarme, Rafael “Fiquito” Vázquez. Despachaba desde una terraza que le cedíamos en el negocio de mi padre, en la calle Josefa Brea, del sector Villa María, perteneciente a la Circunscripción 3. Y ahí, sin yo saberlo, tuve por primera vez una cercanía real con el conocimiento político.

Lo digo sin exagerar, y es que cuando lo escuchaba dirigirse a sus colaboradores, yo me quedaba impresionado con la sapiencia y la profesionalidad con que lo hacía. Tenía el don del conocimiento y la palabra. Yo no me metí en eso porque en ese momento tenía vocación castrense, pero aquella manera de pensar, de ordenar ideas y de conducir gente, se te quedaba dentro como una clase magistral sin pizarra. Y con esa imagen real, no de tarima, no de televisión, no de redes, es que entro al fondo de lo que representa Ramón Alburquerque en la política dominicana.

En República Dominicana hay políticos que no envejecen, se reciclan. Cambian de camisa, cambian de discurso, cambian de enemigo y hasta cambian de amigos… y si el país cambia de humor, ellos también. Son como el clima caribeño, no se les puede exigir coherencia, porque su esencia es la conveniencia.

Y hay otros, cada vez mucho menos, que no se reciclan, porque no fueron fabricados para eso. Gente que no necesita subir volumen para imponer respeto; lo impone con la densidad de su historia. Gente que no aprendió a vivir de la política como un negocio, sino a cargarla como un deber. Ahí aparece Ramón Alburquerque, el político que en un país de sonrisas estratégicas sigue siendo una figura incómoda, porque representa algo que hoy se considera peligrosísimo, seriedad con carácter, coherencia con memoria y ética sin maquillaje.

En una jungla donde muchos presumen de “valores” con la misma facilidad con que presumen de sus ostentaciones, Alburquerque ha sido, por décadas, una especie de “defecto” dentro del sistema, no por lo que tiene, sino por lo que no hace. No se arrodilla fácil. No se vende barato. No se entusiasma con cualquier aplauso. Y eso, en política dominicana, se paga caro.

Un senador que no jugaba a ser senador

Alburquerque no fue senador para la galería de exsenadores. Fue senador para el conflicto institucional, para discutir, para chocar, para poner el dedo en la llaga. Fue presidente del Senado en varias ocasiones, en una época donde el Congreso todavía conservaba momentos de tensión real, cuando la República no se manejaba por un “grupo de WhatsApp” con decisiones instantáneas, sino como una maquinaria compleja en la que había que pelear cada pulgada.

Alburquerque fue de ese tiempo en que todavía había figuras que se paraban en el hemiciclo con el peso de la historia detrás, no con un guion escrito por un consultor de imagen. Y por eso se volvió referencia, porque no fue un senador de utilería. Esa seriedad suya se resume en una sola idea: la política es para gobernar, no para gustar. Pero hoy el país está lleno de políticos que prefieren gustar, aunque no sepan gobernar.

El político serio es un error del algoritmo

La política moderna ama una cosa: el personaje fácil. El que sonríe en todas las fotos. El que nunca se contradice… porque nunca dice nada. El que promete sin costo. El que responde con frases cortas, como si el país fuera un “reel”. Y Alburquerque no cabe ahí. No cabe porque no es un producto de temporada. No cabe porque su figura no nació para el entretenimiento, sino para el debate público.

En la política dominicana actual, la seriedad no es virtud: es sospecha. Y la coherencia no se premia: se vigila. Alburquerque tiene un problema grave para esta época: él piensa, y peor aún, dice lo que piensa. Y en tiempos donde la obediencia se confunde con virtud y pensar en voz alta se castiga como herejía.

El gran pecado: coherencia

Ramón Alburquerque tiene el pecado mortal de mantenerse firme en sus posturas aun cuando el viento cambia. Y aquí, donde la gente cambia de opinión con la misma rapidez con que cambia de operador telefónico o de partido, la coherencia se vuelve una provocación. Porque la coherencia no solo es conducta, es un espejo. Y el espejo acusa.

Alburquerque ha sido durante años una especie de auditor moral dentro del mundo perredeísta primero, y del perremeísta después. Ramón es una voz que advierte, que critica, que marca errores. No necesariamente por maldad, sino por la simple razón de que alguien tiene que decir cuando el barco va torcido… antes de que el barco se estrelle y todos salgan culpando al mar. Pero el poder odia eso, el poder no quiere advertencias. Quiere aplausos.

PRM: el partido que aprendió el arte de apartar sin ensuciarse

Hay algo que todos los partidos aprenden cuando llegan al gobierno, que es el valor del silencio. Cuando se es oposición, la crítica es virtud. Cuando se es gobierno, la crítica es “traición”. Y el PRM no es excepción. En la etapa actual, Alburquerque ha sido empujado a la periferia de los espacios decisorios. No necesariamente lo expulsan, pues eso sería un escándalo, sino que aplican una fórmula más limpia, más moderna, más sofisticada: te saludan… pero no te consultan. te reconocen… pero no te integran.
te invitan… pero no te escuchan. Creando así un método perfecto, no te cancelan de frente… te vuelven decorativo. Te convierten en estatua viviente. Y eso es más doloroso aun, porque no es una pelea abierta, es una amputación lenta.

Cuando el alumno sube al poder y el maestro estorba

Aquí la historia se vuelve simbólica y casi literaria: José Ignacio Paliza. Paliza, hoy Presidente del PRM, fue asistente de Ramón Alburquerque a finales de los años 90 y durante su paso por el Senado. Y esa relación tiene un peso político enorme, porque representa una realidad que se repite como tragedia dominicana, el discípulo escala, se institucionaliza, se sienta en la mesa grande…y el mentor, de pronto, le sobra al sistema.

¿Por qué? Porque el mentor recuerda. Porque el mentor compara. Porque el mentor no se deslumbra. Y el poder tiene pánico a dos cosas, la primera es la memoria, porque la memoria obliga a rendir cuentas y la segunda es la dignidad, porque la dignidad no negocia.

Alburquerque, para muchos, es esa voz que no se puede manejar cómo se maneja una estructura. Y cuando el poder no puede manejarte, entonces intenta reducirte, quitarte micrófono, dejarte fuera, hacerte irrelevante. No por falta de trayectoria… sino por exceso de carácter.

Y aquí viene la parte que más duele, porque no es teoría, es ética. Siendo Paliza discípulo de Ramón, y siendo además presidente del PRM, lo natural habría sido que se impusiera, que protegiera y que proyectara la figura de su mentor como un activo moral e histórico del partido; porque un partido que se respeta no arrincona a sus voces serias, al contrario, las cuida, las escucha y las eleva.

La política dominicana ama a los obedientes, no a los valiosos

Aquí viene la verdad amarga, en este país, a menudo ascienden más rápido los obedientes que los valiosos. El obediente no debate: asiente. El obediente no pregunta: ejecuta. El obediente no advierte: celebra. El valioso, en cambio, trae problemas, trae ideas, trae memoria, trae preguntas incómodas. Y por eso, el valioso es peligroso. Alburquerque es de los pocos que todavía carga una característica prohibida en tiempos de tarima, él no se arrodilla ante la moda.

El país digital: donde matan gente viva por likes

Y como si la política no bastara, llega el capítulo más cruel, más miserable y más indigno: su salud… y las noticias (hasta con foto) falsas. Aquí hay gente tan vacía, que necesita “matar” a otro para sentirse relevante. “Murió fulano”, “confirmado”, “fuente cercana”… y listo, un minuto de atención en el cementerio de las redes.

A Alburquerque lo han “matado” varias veces con rumores. Y eso no es solo chisme, es violencia moral. Es una forma de crueldad moderna que refleja la degradación del tejido humano, con la mentira como entretenimiento y el dolor como mercancía.

Lo más triste no es que la mentira exista. Lo más triste es la velocidad con que la gente la consume. Como si el país estuviera tan lleno de frustraciones, que necesitara tragedias ajenas para equilibrar sus propias derrotas.

Ramón Alburquerque es un test moral del sistema

Alburquerque no es perfecto, nadie lo es, pero encarna algo que hoy escasea en política como agua en desierto, el es autoridad moral sin escándalo. Y eso, en política, vale más que cualquier cargo. Porque los cargos se reparten. Los cargos se otorgan. Los cargos se negocian. Pero la coherencia no.

Por eso, cuando un partido en el poder decide apartar a una figura como Ramón Alburquerque, lo que está haciendo no es solo “reorganización interna”, se está revelando el tipo de partido que quiere ser y el tipo de política que está dispuesto a construir; una política donde la crítica no se tolera, donde la seriedad molesta, donde el pensamiento propio se castiga y donde la disciplina se confunde con sumisión.

El legado del incómodo

Ramón Alburquerque es la prueba de que se puede tener trayectoria sin prostituir la palabra. Que se puede tener historia sin vender la memoria. Que se puede formar gente sin cobrarle el alma. Y sí, es muy incómodo. Porque los políticos obedientes son fáciles de administrar, pero los políticos coherentes son difíciles de usar. Alburquerque es incómodo porque no se deja convertir en instrumento. Y la política dominicana ama los instrumentos… no los hombres.

Debemos Reflexionar

Y al final, cuando la espuma baje y los aplausos se queden sin dueño, quedará lo que siempre queda, la conciencia y coherencia moral. Ramón Alburquerque podrá ser incómodo para el poder, pero es necesario para la historia, porque los países se descomponen cuando confunden obediencia con virtud.

Más allá de las tensiones propias de la dinámica partidaria, su trayectoria representa un peso real en la vida democrática nacional, asociada a firmeza de criterio y responsabilidad pública. Su coherencia, aun en la discrepancia, constituye un valor que fortalece el debate político y la institucionalidad.

Hoy, más allá de partidos, bandos y cálculos, lo humano se impone, pedimos a Dios que le conceda fortaleza y pronta recuperación, y que le devuelva la salud con la misma firmeza con la que él ha sostenido su carácter frente a la política. Porque los hombres serios no sobran, siempre hacen falta.

El autor es Abogado y Comunicador

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