Meta 2036: entre la promesa de desarrollo y las grietas del presente
02 Marzo 2026 Affe Gutierrez 709
Avances verificables, desafíos persistentes y la prueba decisiva del bienestar real
Por Affe Gutiérrez
Santo Domingo, R.D.- La rendición de cuentas del presidente Luis Abinader el 27 de febrero de 2026 marca un punto de inflexión discursivo en la narrativa del poder dominicano. No fue un discurso de administración, fue un discurso de proyecto. El Gobierno dejó de presentarse como gestor de estabilidad para asumirse como arquitecto de desarrollo. La Meta RD 2036 —duplicar la economía y romper la trampa de ingreso medio— se erige así en la doctrina oficial de esta etapa histórica.
El planteamiento no es menor. Por primera vez en décadas, un presidente dominicano formula una visión explícita de transición estructural de economía de servicios y turismo hacia una plataforma productiva tecnológica integrada a cadenas globales de valor. La apuesta por inteligencia artificial, semiconductores, nearshoring y conectividad digital ubica al país en un mapa geoeconómico más ambicioso que el tradicional Caribe turístico. Esa ambición merece ser reconocida.
Pero toda visión de desarrollo se mide menos por sus anuncios que por la coherencia entre su relato y las tensiones reales que atraviesan la sociedad que pretende transformar. Y ahí aparecen las grietas.
La economía que crece y la economía que no se siente
El discurso se sostiene en indicadores macroeconómicos verificables, inversión extranjera récord, estabilidad fiscal, mejora de calificaciones, expansión exportadora. Son logros reales. La República Dominicana ha consolidado una reputación de estabilidad que en América Latina no es trivial.
Sin embargo, el ciudadano no vive en el PIB ni en la deuda/PIB. Vive en el costo de la canasta, en la factura eléctrica, en el precio del alquiler, en el transporte diario. Y ese plano, la economía percibida estuvo casi ausente del relato presidencial.
El país que el Gobierno describe es más próspero que el país que la gente experimenta. Esa brecha perceptiva es hoy el principal riesgo político del proyecto 2036. Ninguna estrategia de desarrollo sobrevive si la prosperidad prometida no se traduce en bienestar cotidiano visible. El crecimiento sin sensación de mejora es, políticamente, crecimiento estéril.
La gran omisión: informalidad y productividad laboral
El discurso celebra reducción de informalidad y aumento salarial. Pero evita el núcleo estructural del problema, la economía dominicana sigue siendo mayoritariamente de baja productividad laboral.
Mientras más de la mitad de los trabajadores permanezcan en sectores de escaso valor agregado, el salto tecnológico proclamado corre el riesgo de convertirse en enclave: zonas modernas coexistiendo con una base económica precaria.
No basta con atraer empresas tecnológicas; el desafío es transformar la estructura ocupacional del país. Ese es el verdadero cuello de botella del desarrollo dominicano. Y sobre él, el discurso fue retóricamente optimista pero analíticamente superficial.
Cobertura social versus calidad estatal
En salud, educación y protección social, la rendición presenta expansión cuantitativa indiscutible, mostrando más consultas, más centros, más transferencias, más beneficiarios. La cobertura del Estado ha crecido.
Pero el desarrollo no se mide solo en acceso, sino en calidad. Y ahí emerge otra disonancia que es la experiencia cotidiana del ciudadano con hospitales, escuelas y servicios públicos sigue marcada por precariedad, espera y burocracia. El Gobierno exhibe un Estado más presente; la sociedad percibe un Estado aún insuficiente. Esa distancia entre presencia y eficacia es el verdadero examen del proyecto gubernamental.
Infraestructura: la política territorial como legitimidad
Donde el discurso es más sólido es en la inversión territorial. La expansión de obras fuera del Gran Santo Domingo corrige una distorsión histórica del desarrollo dominicano. El énfasis en el Sur, la frontera y provincias rezagadas no es solo política pública, se está reconfigurando el mapa de oportunidades.
Aquí el Gobierno acierta estratégicamente. La descentralización de la inversión es condición necesaria para cualquier desarrollo inclusivo. Pero incluso esta fortaleza contiene un riesgo, pues la infraestructura sin dinamización productiva local puede convertirse en obra sin transformación. El desarrollo territorial no se logra solo con carreteras, sino con economías regionales sostenibles.
La promesa tecnológica: entre visión y simbolismo
Los anuncios de inteligencia artificial, semiconductores, hub digital y puerto espacial proyectan una República Dominicana insertada en la economía del futuro. El mensaje es potente: el país quiere dejar de ser periferia productiva.
Sin embargo, la distancia entre infraestructura tecnológica y capacidad tecnológica nacional es considerable. El capital humano avanzado, la investigación aplicada y la innovación endógena siguen siendo limitados.
El riesgo es que la modernización tecnológica sea más simbólica que estructural; plataformas globales operando en territorio dominicano sin generar ecosistema local robusto.
El verdadero salto no es atraer tecnología, sino producirla. Y ese tránsito apenas comienza.
Institucionalidad: el activo más subestimado
Donde el discurso es más convincente es en el plano institucional. La estabilidad macro, la disciplina fiscal y la mejora de indicadores de gobernanza han colocado al país en un nivel de previsibilidad poco común en la región. Ese capital institucional es, probablemente, el mayor activo del proyecto 2036. Sin él, ninguna inversión tecnológica ni transformación productiva sería posible.
La sección anticorrupción del discurso alcanzó su mayor carga simbólica cuando el presidente afirmó que en su gobierno “tiene amigos, pero no cómplices”, en alusión al caso SENASA, institución dirigida hasta hace poco por su cercano colaborador y amigo personal, el doctor Santiago Hazim. La frase buscó proyectar distancia ética frente a vínculos personales, pero expuso una tensión más profunda: en sistemas políticos donde las redes de confianza preceden a las instituciones, la verdadera prueba de integridad no es la declaración de independencia, sino la trazabilidad de las decisiones cuando la responsabilidad toca al círculo íntimo del poder. El mensaje presidencial, aunque políticamente necesario, deja abierto el interrogante central de toda gobernanza anticorrupción, que es, si la amistad no protege, ¿hasta qué punto la rendición de cuentas alcanza efectivamente a quienes habitan la proximidad del poder? En esa respuesta, más que en la retórica, se mide la credibilidad del compromiso ético proclamado.
Pero incluso aquí surge una tensión que es la percepción social de corrupción y privilegio, esto no desaparece al ritmo de los índices internacionales. La legitimidad institucional se construye en la experiencia cotidiana de justicia, no solo en rankings globales.
Meta 2036: una oportunidad histórica condicionada
La Meta RD 2036 no es una consigna vacía. Es la formulación más explícita de aspiración desarrollista que ha tenido el país en décadas. Y eso debe reconocerse sin ambigüedades.
Pero el desarrollo no fracasa por falta de visión; fracasa por incapacidad de resolver sus contradicciones internas.
Las del proyecto dominicano son claras:
- crecimiento macro sin bienestar percibido suficiente
- modernización tecnológica sin transformación laboral profunda
- expansión estatal sin calidad equivalente
- infraestructura sin productividad regional consolidada
Si esas brechas persisten, el 2036 será un horizonte retórico.
Si se cierran, puede convertirse en un punto de inflexión histórico.
Entre el país que se anuncia y el país que se construye
El discurso presidencial describe una República Dominicana en ascenso hacia el desarrollo. La realidad muestra un país aún en transición, con avances reales y fragilidades estructurales.
La distancia entre ambos no es propaganda, es el espacio donde se juega el futuro nacional.
La Meta 2036 puede ser el relato que ordene la transformación dominicana o el símbolo de una modernización incompleta. La diferencia no dependerá de anuncios tecnológicos ni de indicadores macroeconómicos, sino de algo más exigente: que el crecimiento se vuelva experiencia cotidiana, que la productividad alcance a la mayoría y que el Estado no solo llegue, sino funcione.
Porque las naciones no se desarrollan cuando lo declaran, sino cuando la vida de su gente lo confirma. El desarrollo no se mide en planes estratégicos ni en indicadores macroeconómicos, sino en la experiencia diaria de seguridad, movilidad social y dignidad material de la mayoría. Cuando el progreso deja de ser promesa y se vuelve normalidad compartida, es entonces, y solo entonces, que un país puede decir que ha cruzado la frontera entre crecer y desarrollarse.
El autor es Abogado y Comunicador
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