El fraude de lo sagrado: La teología del Capital
17 Marzo 2026 Jose M. SantanaInvestigador Asociado del Profesor Noam Chomsky-MIT 2003-2023 639
La realidad empírica demuestra lo contrario: presenciamos un resurgimiento virulento de los fundamentalismos en todas las tradiciones religiosas. Lejos de ser una regresión al oscurantismo premoderno, este fenómeno es un síntoma estructural, predecible y altamente funcional del actual orden socioeconómico.
El fanatismo contemporáneo es el hijo legítimo del capitalismo en su fase neoliberal tardía, incubado en el desmantelamiento del Estado de bienestar, acelerado por el capitalismo de vigilancia y cínicamente instrumentalizado por una extrema derecha global.
Para desentrañar este fenómeno, debemos examinar la arquitectura de la economía política de las últimas cinco décadas. Desde la década de 1970, la ortodoxia del libre mercado, la privatización de bienes públicos y la erradicación de protecciones laborales transformaron las sociedades. El Estado fue deliberadamente vaciado de sus funciones proveedoras de seguridad material y cohesión social. Al someter a las poblaciones a una alienación estructural y precariedad crónica, se generó un inmenso vacío de significado. Las organizaciones religiosas, especialmente las dogmáticas, actuaron como receptores de esta angustia, proveyendo no solo narrativas cosmológicas, sino redes tangibles de apoyo material y pertenencia comunitaria en las periferias desindustrializadas y en los Estados neocolonizados.
El neoliberalismo se convirtió en una teología que exige fe ciega en el crecimiento infinito y la austeridad. En este proceso, la noción misma de verdad fue desregulada. La mercantilización de los hechos destruyó la separación entre realidad empírica y creencia, favoreciendo narrativas simplistas (clics) sobre el análisis sistémico. En este mercado desregulado, el fanatismo florece al ofrecer identidades binarias inamovibles y chivos expiatorios claros para problemas estructurales complejos.
Lo que distingue al fanatismo actual de sus manifestaciones históricas es su infraestructura tecnológica. El adoctrinamiento ya no requiere proximidad física ni años de socialización; ha sido optimizado, gamificado y escalado por los monopolios tecnológicos. Las plataformas digitales maximizan la retención del usuario amplificando contenido indignante y polarizador. El extremismo violento ocurre hoy primordialmente en línea, en foros anónimos y canales encriptados. El Índice Global de Terrorismo (GTI) 2025 muestra una tendencia alarmante: los jóvenes constituyen uno de cada cinco sospechosos de terrorismo en Occidente.
Estos individuos, aislados y sin vínculos formales con grupos terroristas, consumen odio en internet y perpetran violencia como lobos solitarios (responsables del 93% de los ataques fatales en Occidente en los últimos cinco años). Los ataques terroristas aumentaron un 63% en Occidente en 2024.
El odio sectario en línea se traduce en violencia física, con incidentes antisemitas disparándose un 200% en EE. UU. y niveles sin precedentes de islamofobia global. La línea entre propaganda digital y acción violenta ha desaparecido.
El fanatismo opera en profunda simbiosis con los movimientos de extrema derecha, los cuales buscan fusionar explícitamente la identidad nacional con la religiosa, argumentando que la nación es una entidad divinamente ordenada, amenazada por inmigrantes y élites seculares. En Estados Unidos, el Partido Republicano ha sido capturado por el nacionalismo cristiano, una ideología antidemocrática que postula que las leyes civiles deben subordinarse a dictados bíblicos.
El 30% de los estadounidenses simpatiza con esta visión, y casi el 70% de estos adherentes cree en la teoría del gran reemplazo, justificando la violencia política para salvar al país. Esto se materializa en hojas de ruta como el Proyecto 2025, diseñado para eviscerar el servicio civil federal.
El extremismo islámico en el Sahel africano no es un mero fervor teológico, sino el subproducto del colapso institucional poscolonial, las intervenciones imperialistas y la extracción voraz. Esta región concentra más de la mitad de todas las muertes por terrorismo mundial.
En India, bajo Narendra Modi y el Partido Bharatiya Janata (BJP), la ideología supremacista del Hindutva es la fuerza hegemónica del Estado. Se ha desatado una campaña de marginación y violencia burocrática contra millones de musulmanes, cristianos y dalits, documentándose 1.165 eventos de discursos de odio en persona solo en 2024, muchos instigando a la violencia armada. Además, este fanatismo no se detiene en las fronteras de la India; a través de redes organizadas de la diáspora, el nacionalismo hindú se ha convertido en un proyecto transnacional, interfiriendo en la política electoral de Estados Unidos y el Reino Unido, diseminando desinformación y aliándose con otras fuerzas de la extrema derecha global para normalizar la islamofobia en Occidente.
En el Medio Oriente, la coalición gobernante en Israel depende de facciones ultranacionalistas y sionistas religiosos que rechazan el pluralismo. La anexión territorial masiva y la expulsión de la población palestina responden a una visión escatológica del Gran Israel, justificando violaciones al derecho internacional e ignorando los fallos de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) de 2024.
Incluso en Asia, religiones asociadas históricamente al pacifismo han sido cooptadas por la violencia de Estado. En Myanmar y Sri Lanka, movimientos de protección budista emplean narrativas de victimismo frente a minorías musulmanas para justificar discursos de odio y pogromos, fusionando la islamofobia con la misoginia bajo un femonacionalismo que somete a las poblaciones minoritarias.
Por su parte, el extremismo islámico en el Sahel africano no es un mero fervor teológico, sino el subproducto del colapso institucional poscolonial, las intervenciones imperialistas y la extracción voraz. Esta región concentra más de la mitad de todas las muertes por terrorismo mundial. Las poblaciones sufren esta violencia devastadora por disputas brutales sobre la minería de oro, choques climáticos y la corrupción de juntas militares. El yihadismo franquicia la violencia explotando agravios locales y economías ilícitas, no por superioridad teológica.
A nivel geopolítico, el apoyo del fundamentalismo cristiano estadounidense al sionismo de extrema derecha se justifica públicamente con escatologías del Armagedón
Toda esta proliferación está entrelazada con la tercera ola de autocratización global. Según el Informe V-Dem 2025, por primera vez en más de dos décadas hay más autocracias (91) que democracias (88), y el 72% de la población mundial vive bajo estos regímenes. El método contemporáneo para destruir la democracia ha evolucionado: los regímenes ya no colapsan por golpes militares, sino por líderes populistas que desmantelan el poder judicial y asfixian la disidencia cívica desde dentro del propio Estado de derecho. La libertad de expresión se deterioró en 44 países durante 2024. La desinformación estatal se inyecta sistemáticamente en sociedades polarizadas, utilizando el nacionalismo religioso para deslegitimar a la oposición institucional, convirtiendo a los adversarios en enemigos existenciales y herejes.
Es un error analítico catastrófico tomar al pie de la letra la retórica teológica de los Estados y los movimientos de extrema derecha. Detrás de la defensa de valores sagrados, subyacen imperativos materiales muy terrenales: el control territorial, la extracción de recursos y el mantenimiento de jerarquías hegemónicas. Cuando los fundamentalismos atacan ferozmente los derechos reproductivos y a las comunidades LGBTQ+, rara vez se trata de moralidad arcaica; se trata de ejercicios de control biopolítico. Obligar a la maternidad y criminalizar la diversidad busca restaurar jerarquías de género opresivas, necesarias para reproducir la fuerza laboral precarizada. Las guerras culturales cohesionan a una base electoral de clase trabajadora para que vote en contra de sus propios intereses materiales, permitiendo a las élites implementar desregulación ambiental masiva y aniquilación sindical.
A nivel geopolítico, el apoyo del fundamentalismo cristiano estadounidense al sionismo de extrema derecha se justifica públicamente con escatologías del Armagedón, pero el complejo militar-industrial y el establecimiento gubernamental lo financian por fríos cálculos imperiales: mantener un enclave militar fuertemente armado en el Medio Oriente, asegurar corredores energéticos y enriquecer a la industria armamentística multinacional. En este escenario, la religión actúa como el narcótico ideal para fabricar apatía masiva.
De manera análoga, potencias regionales en el mundo islámico han pasado décadas instrumentalizando el extremismo sectario, manipulando las divisiones entre sunitas y chiitas, y financiando vastas redes de grupos fundamentalistas armados como herramientas baratas y efectivas de política exterior indirecta, librando guerras subsidiarias que devastan naciones enteras desde Yemen hasta Siria para asegurar corredores energéticos y hegemonía regional.
De igual forma, en un régimen formalmente ateo como China, el Partido Comunista utiliza la lucha contra el extremismo religioso para justificar campos de internamiento contra los musulmanes uigures y los budistas tibetanos. El fin no es proteger el secularismo, sino aplastar cualquier lealtad comunitaria y asegurar el control férreo sobre regiones ricas en recursos para la iniciativa de la Franja y la Ruta.
El predicador que monetiza el odio en YouTube, el miliciano armado en el Sahel, el supremacista hindú, el burócrata del nacionalismo cristiano y el colono extremista sirven a las mismas lógicas de poder y operan en sistemas interconectados. Son engranajes de la misma maquinaria
El panorama mundial exige abandonar cualquier ingenuidad. Los datos más recientes muestran que 380 millones de cristianos enfrentan persecución, las comunidades islámicas sufren terrorismo en el Sur global e islamofobia institucional en Occidente, y las restricciones a la libertad religiosa alcanzan niveles récord. El mito occidental del fin de la historia y la paz secular ha colapsado. El fanatismo religioso no es una excrecencia del pasado que podamos erradicar con educación o bombardeos. Es el hijo lógico e indispensable del orden mundial contemporáneo: se alimenta de las ruinas dejadas por la austeridad económica, se propaga gracias a la infraestructura digital creada por Silicon Valley, y es abrazado por una clase dirigente que busca desmantelar los últimos remanentes de la democracia para perpetuar el privilegio corporativo.
Desmitificar y rechazar de plano las justificaciones teológicas de estas políticas es el primer paso vital hacia cualquier forma de resistencia. El predicador que monetiza el odio en YouTube, el miliciano armado en el Sahel, el supremacista hindú, el burócrata del nacionalismo cristiano y el colono extremista sirven a las mismas lógicas de poder y operan en sistemas interconectados. Son engranajes de la misma maquinaria. La proliferación del extremismo y la erosión democrática solo podrán detenerse cuando se confronten sus verdaderas causas materiales: la desigualdad grotesca, la explotación imperial, el desmantelamiento de los bienes comunes y la alienación estructural. Hasta que no sustituyamos esta arquitectura de precariedad por una genuina justicia económica y solidaridad democrática internacional, el fanatismo identitario seguirá siendo la pesadilla predilecta del sistema económico dominante para asegurar nuestra obediencia ciega y dividir a los desposeídos.

