La próxima tragedia no vendrá del viento… vendrá de seguir improvisando
11 Mayo 2026 Ing. Jeffrey Medina, Especialista en Gestión de Riesgos 440
Cada año, entre junio y noviembre, República Dominicana entra en temporada ciclónica. Lo sabemos, lo anunciamos y vemos cómo las autoridades activan protocolos preventivos, pero aun así seguimos reaccionando más de lo que realmente nos preparamos. Esa diferencia, en un país tan vulnerable como el nuestro, puede costar millones, paralizar empresas y cobrar vidas humanas.
La temporada ciclónica 2026 llega bajo la influencia del fenómeno de El Niño, condición que históricamente suele disminuir parcialmente la formación de ciclones en el Atlántico. Las proyecciones estiman unas 13 tormentas con nombre, 6 huracanes y 2 huracanes mayores, ligeramente por debajo del promedio histórico. Sin embargo, una temporada “menos activa” no significa necesariamente una temporada menos peligrosa.
La historia lo ha demostrado. Huracanes devastadores como San Zenón en 1930 y Andrew en 1992 ocurrieron en temporadas que no eran consideradas extraordinarias. Basta un solo fenómeno impactando una zona vulnerable para generar pérdidas humanas y económicas de enormes proporciones.
República Dominicana todavía tiene muy frescas las heridas de las lluvias de noviembre de 2023, cuando el Gran Santo Domingo quedó prácticamente paralizado por inundaciones severas que dejaron fallecidos, túneles colapsados, vehículos arrastrados y pérdidas millonarias. Aquella tragedia dejó en evidencia que muchas empresas e instituciones no estaban realmente preparadas para responder a un evento extremo.
Ese es precisamente el gran problema: todavía existen organizaciones que manejan la gestión de emergencias desde la improvisación. Muchas cuentan con planes de contingencia desactualizados o documentos que existen únicamente para cumplir requisitos administrativos, pero que nunca han sido puestos a prueba mediante simulacros o análisis reales de vulnerabilidad.
Un verdadero plan de contingencia no consiste solo en comprar linternas o revisar plantas eléctricas cuando se emite una alerta. Implica identificar amenazas, analizar vulnerabilidades, definir protocolos claros de evacuación y comunicación, entrenar al personal y preparar la continuidad de las operaciones antes de que ocurra la crisis.
Los impactos de una tormenta o un huracán van mucho más allá de los daños visibles. También afectan operaciones logísticas, cadenas de suministro, sistemas tecnológicos, inventarios y la estabilidad financiera de las empresas. Sectores como turismo, industria, construcción, energía y comercio son especialmente sensibles a este tipo de interrupciones.
Por eso, acompañarse de expertos en gestión de riesgos y manejo de emergencias no debe verse como un gasto, sino como una inversión estratégica para proteger vidas, operaciones y patrimonio. Prepararse correctamente permite reducir el caos, responder más rápido y evitar que pequeñas fallas se conviertan en grandes crisis.
La prevención tampoco es responsabilidad exclusiva de las empresas o del Estado. Como ciudadanos, también debemos abandonar la peligrosa costumbre de subestimar las alertas meteorológicas. Muchas tragedias recientes no fueron provocadas únicamente por la fuerza de la naturaleza, sino también por la imprudencia, el exceso de confianza y la falta de preparación.
La temporada ciclónica 2026 probablemente no será recordada por la cantidad de tormentas que se formen en el Atlántico, sino por el nivel de preparación con el que decidamos enfrentarla. Porque muchas veces el verdadero desastre no comienza cuando llega el huracán, sino cuando decidimos seguir improvisando.

