La doble moral como costumbre

Opiniones 11 Noviembre 2025 566

La doble moral como costumbre

Vivimos en un país donde la doble moral se ha vuelto una forma de vida, un hábito casi invisible que se cuela en las conversaciones, en los medios y hasta en las instituciones. Aquí se aplaude al que aparenta, al que se viste de decente aunque no lo sea, y se señala sin piedad a quien actúa con compromiso, transparencia y responsabilidad. Es una paradoja amarga: cuanto más genuina es una persona, más fácil se convierte en blanco de sospechas.

Es triste ver cómo, en lugar de respaldar al que trabaja con entrega, se le deja solo, expuesto a juicios y habladurías que poco o nada tienen que ver con su integridad. En este ambiente contaminado por la desconfianza, el mérito se diluye y la reputación se mide por rumores más que por hechos. No importa cuántos años de esfuerzo o coherencia haya detrás: basta una insinuación, una malinterpretación o una fotografía fuera de contexto para que la duda pese más que la verdad.

Aquí, cualquier cosa salpica, aunque uno no tenga culpa ni parte en el asunto. Los hechos personales dejan de ser personales y se convierten en espectáculo público, en motivo de sospecha para todos. Es como si la decencia tuviera que pagar las consecuencias de la falta de otros, como si la honestidad fuera una rareza que provoca incomodidad en lugar de respeto.

Lo más lamentable es que casi nadie sale en defensa de quienes hacen las cosas bien. La indiferencia se ha convertido en una forma de complicidad. Nos acostumbramos a mirar hacia otro lado mientras se destruye la reputación de personas íntegras, como si el silencio nos eximiera de responsabilidad. En esta sociedad, el esfuerzo honesto no tiene voceros y la rectitud no se premia: incomoda. Decir la verdad sin adornos, actuar sin dobleces o simplemente cumplir con el deber parece un acto subversivo.

Pero aun así, hay quienes seguimos creyendo que la verdad, aunque tarde, siempre se impone. Que la transparencia no necesita defensores cuando está respaldada por una conciencia limpia. Y que, aunque la doble moral se disfrace de virtud o se refugie en el chisme, termina cayendo por su propio peso.

El país necesita menos máscaras y más coherencia. Necesita ciudadanos dispuestos a valorar la integridad por encima de la apariencia, el trabajo bien hecho por encima del oportunismo. Porque no hay doble moral capaz de sostenerse cuando la verdad, con paciencia y dignidad, decide salir a la luz.

Por: Milagros Cordero