Hoy se conmemoran 202 años de natalicio de Francisco del Rosario Sánchez
Político, abogado y patricio. Nació el 9 de marzo de 1817, o sea en los últimos años del período colonial conocido con el nombre de España Boba. Fue el primer fruto de la unión de Narciso Sánchez y Olaya del Rosario de Belén, ambas personas de color. A Olaya del Rosario, un acta bautismal la presenta como parda libre, lo que atestigua su ascendencia africana. Cuando se unió a Narciso, ya había tenido un hijo, a quien dio el nombre de Andrés, y cuyo padre se ignora; pero en gesto hermoso, Narciso le dio su apellido.
Francisco del Rosario vio la luz antes de que sus padres contrajeran nupcias. Ello era entonces mucho más frecuente que hoy, sobre todo en la dase media, a la cual la familia pertenecía. El oficio de Narciso era tablajero y, hombre trabajador e inteligente, se preocupó -a l igual que su esposa- por la educación de sus hijos. Entre ellos, sin embargo, el único que se destacó fue Francisco del Rosario, quien a los veinte años ya era un hombre con una formación intelectual que lo colocaba entre la élite de la juventud de la clase media capitaleña. El hecho de que fuera mulato no fue óbice para alcanzar éste nivel, pues la dominación haitiana, al igualar a los blancos y los negros, produjo una profunda mengua del prejuicio racial.
No se sabe cuándo empezó su relación con Juan Pablo Duarte. Pero el hecho de que Sánchez no figuraba entre los iniciadores de «La Trinitaria» hace pensar que empezó después de la fundación (1838) de ésta sociedad patriótica. Bastó, sin embargo, que los trabajos de la misma cobraran amplitud y relieve, para que adviniera la solidaridad entre los dos hombres, lo que llevó a Sánchez a convertirse en un «trinitario», en quien Duarte fue depositando una creciente confianza.
Al producirse en Haití el movimiento de «La Reforma” y tener éste repercusión en la zona oriental de la isla, Sánchez tomó parte cimera en los acontecimientos que condujeron a la capitulación del general Carrié. Pero tan pronto los duartistas pretendieron capitalizar el triunfo del movimiento para producir la independencia de la aludida zona, el nuevo presidente haitiano. Charles Herard Ainé decidió oponerse al propósito mediante medidas coactivas. Después de prender a Ramón Mella y enviarlo a Puerto Príncipe, inició una seria persecución contra los trinitarios. Muchos de éstos fueron encarcelados. Duarte, Pedro Alejandrino Pina y Juan Isidro Pérez de la Paz lograron embarcarse furtivamente hacia Curazao. Enfermo, Sánchez se vio obligado a permanecer oculto y, con el fin de desorientar al enemigo, se difundió la especie de que había muerto. Con la partida de Duarte — quien era reconocido por todos sus compañeros como el maestro— los trabajos independentistas sufrieron un duro golpe. No obstante, siguieron desarrollándose, y en esta labor se distinguieron Sánchez, desde su escondite, y Vicente Celestino Duarte — hermano del apóstol— quien gozaba de libertad. Mientras tanto, una seria crisis política sacudió durante meses a Haití. Ramón Mella fue liberado y se incorporó de nuevo a la lucha por la independencia. En esos mismos días, varios diputados dominicanos a la Asamblea Constituyente de 1843 concertaron con el Cónsul francés en Haití, Sr. Levasseur, un plan tendiente a convertir la zona oriental en un protectorado de Francia, mediante una insurrección que contaba con el apoyo de esta potencia europea. Temerosos de que tal concierto cristalizara, Sánchez y Vicente Celestino Duarte se dirigieron al apóstol en carta fechada el 15 de noviembre del citado año, haciéndole saber que «los negocios están en el mismo estado en que tú los dejaste», y que se hacía necesario tomar urgentemente medidas contra «la audacia de un tercer partido», razón por la cual le pedían una inmediata ayuda, material de guerra y su presencia en el país, la cual debía producirse desembarcando clandestinamente por la playa de Guayacanes. Pero, carente de recursos, no pudo Duarte, pese a sus esfuerzos, cumplir con estos requerimientos. Además, la carta demostraba que había surgido una momentánea división entre los firmantes y Mella, y que si el movimiento no había avanzado, a pesar de que «todas las circunstancias habían sido favorables», era por falta de auxilios.
Mella se encargó de resolver este último problema, que era evidentemente fundamental. Logró atraer al movimiento a figuras conspicuas de la burguesía, que brindaron los fondos necesarios. Dentro de estas figuras, la más importante — en el aspecto intelectual y político—era indudablemente Tomás Bobadilla, quien hasta entonces había servido con celo al gobierno haitiano. De hecho, Bobadilla asumió la dirección de la conspiración en proyecto; además advino la unidad entre los miembros de aquella clase social (La Burguesía) que veía en la independencia un paso indispensable para convertir al país en una colonia o un protectorado extranjero, y el duartismo, cuyos representantes principales pertenecían a la clase media. Ya en marcha el proyecto, el 16 de enero de 1844 comenzó a firmarse un Manifiesto, redactado por Bobadilla, en el cual se le hacían graves cargos al gobierno haitiano y se usaba por primera vez la palabra SEPARACION. Sánchez firmó este Manifiesto, pero Vicente Celestino Duarte se abstuvo de hacerlo.
El 27 de febrero se desató la insurrección. Reunidos los comprometidos, Mella produjo el trabucazo que precipitó la acción bélica. Y fue en horas tardías de la madrugada del día 28 cuando Sánchez pudo salir de su escondite y hacer acto de presencia, y allí entusiasmó a los conjurados con una arenga. El Cónsul francés en Santo Domingo, Sr. Juchereau de St. Denys, actuó como mediador entre los dominicanos rebeldes y las autoridades haitianas, logrando de éstas la capitulación. El 28 se integró^ bajo la presidencia de Bobadilla, una Junta de Gobierno, entre cuyos miembros figuró Sánchez; y el 8 de marzo, esta Junta se dirigió al citado Cónsul francés ofreciéndole a Francia, en cambio de la ayuda •que muchos esperaban de esta potencia, la península y la Bahía de Samaná, Sánchez fue uno de los firmantes de la carta. Días antes habla llegado a la ciudad de Santo Domingo, al frente de sus tropas integradas sobre todo por seibanos, Pedro Santana, quien de inmediato se dirigió hacia la zona de Azua a enfrentarse con la invasión que había desatado Herard Ainé. La goleta «Leonor» salió también en uno de ésos días hacia Curazao, en busca de Duarte, quien regresó acompañado de Pina y Pérez de la Paz, y fue incorporado a la Junta.
No demoró en advenir una polarización de fuerzas en el seno de ésta: de un lado se hallaban los «Proteccionistas», o «conservadores» y del otro lado los independentistas radicales, cuya figura sustantiva era Duarte. Los primeros contaban con el apoyo del Cónsul francés, y de Santana, y las tropas bajo su mando. La correlación de fuerzas se inclinaba, pues, hacia ellos. No obstante, Duarte se decidió emprender una labor de depuración de la referida Junta, y el 9 de junio dio — infructuosamente, a la postre— los pasos necesarios para llevarla a cabo. Más tarde, Mella lanzó en el Cibao la candidatura presidencial de Duarte y Sánchez se opuso, considerando el paso inoportuno. Ello casi coincidió con la marcha de Santana, al frente de sus huestes, hacia la capital de la recién nacida república, con el fin de asumir también el mando político. Logrado el propósito, creó una nueva Junta, en la cual ocupó la presidencia. El 22 de agosto esta Junta declaró a Duarte, Pina, Juan Isidro Pérez, Francisco Sánchez del Rosario y otros más, traidores a la Patria, condenándolos al ostracismo. Con ello, la tendencia “Proteccionista» se impuso…
A raíz de haber resuelto la administración de Jimenes, la amnistía de los expatriados, Sánchez regresó a la patria. Luego, al ser derrocado Jimenes y surgir Báez como presidente de la república, se vinculó a éste. Pero tan pronto Báez fue a su vez derrocado por Santana, Sánchez dio un rápido viraje, elogió a este último y se puso a su servicio, olvidando así el fusilamiento de su tía María Trinidad y de su hermano Andrés por el mandón que otra vez escalaba el poder. En el 1855, Sánchez dio un nuevo viraje y se colocó a favor de Báez, celebrando -cuando éste alcanzó por segunda vez la presidencia- las gestiones injerencistas que con este fin desarrolló el Cónsul español Segovia. La insurrección cibaeña del 1857 lo encontró al servicio de Báez; pero a los pocos días de haber éste capitulado, firmó el manifiesto que requería de Santana el desconocimiento del gobierno de Santiago y su conversión en un gobernante de tipo absolutista, tal como lo había sido con anterioridad. Su nueva amistad con Santana duró poco. Al poco tiempo se exiló y reanudó sus relaciones con Báez.
Tanto Báez como Santana siempre estuvieron en porfía por entregar la república a una potencia extranjera. En dicha porfía, Santana salió vencedor; produjo la Anexión a España. Sánchez condenó abiertamente la acción y sacudido por un renuevo de su sentimiento patriótico juvenil, se decidió a lanzarse a la lucha armada y evitar así ia consumación del propósito: Para el efecto, encontró el apoyo del baecismo, de algunos patriotas integérrimos -como Pedro Alejandrino Pina- y la discreta ayuda del presidente haitiano Geffrard. Invadió la república por la zona fronteriza sureña. Pero víctima de una traición, cayó prisionero de las tropas de Santana. Juzgado en San Juan de la Maguana por un Consejo de Guerra, fue condenado a muerte, y tuvo la nobleza de cargar con toda la responsabilidad de lo acontecido. Antes de celebrarse el Consejo, pidió que su defensa fuera asumida por oficiales españoles. No lo complacieron; y Santana, quien había acudido a la zona de lucha, partió hacia la capital después de impartir las órdenes correspondientes. El cumplimiento de la sentencia estuvo a cargo del general Abad Alfau. Sánchez, herido, fue llevado en silla de manos al sitio de la ejecución; y demostró, hasta el momento de morir, un valor espartano. El crimen tuvo lugar el 4 de julio de 1861, en El Cercado, San Juan de la Maguana.
Su destino final borró en gran parte sus graves errores. Un análisis imparcial de su trayectoria pública demuestra que ésta puede ser dividida en tres periodos: el pre-independentista, el de la primera república, y el que, en las postrimerías de esta última, se inicia con las gestiones que culminaron en la Anexión a España. En el primer periodo se destacó sobremanera como un discípulo de Duarte: abrazó el nacionalismo integral y el liberalismo de su maestro. En el segundo dio las espaldas a estos principios: mostró una gran inconsecuencia política, pues, sirvió tanto a Báez como a Santana, a sabiendas, indudablemente, de que ambos perseguían como meta fundamental el retorno al coloniaje. Pero en el último periodo volvió por sus viejos lauros y murió convertido en héroe y mártir del ideal patrio.
¡Sánchez Siempre!

